29.7.12

Frank O'Hara - Autobiographia Literaria



AUTOBIOGRAPHIA LITERARIA

Cuando era chico
jugaba en un rincón
del patio de la escuela
solo.

Odiaba los muñecos
y odiaba los juegos, los animales
no eran amistosos y los pájaros
salían volando.

Si alguien me buscaba
yo me escondía detrás de
un árbol y decía: “Soy un
huérfano”.

Y acá estoy, ¡en el
centro de toda belleza!
¡escribiendo estos poemas!
¡Imagínense!





Notal del T.: Peluches desgastados por el tiempo, objetos un poco ridículos que están ahí pero son de otra parte, unidos por hilos invisibles pero fuertes al pasado –por más que estén olvidados en cualquier rincón- y haciendo del presente un lugar más extraño, los poemas parecen ser los juguetes de los poetas.

Me da la sensación de que el centro de este poema de O’Hara, el núcleo de su placer y su rebeldía, está en uno de sus bordes, en el salto de la tercera estrofa a la última, donde se da el pasaje del tiempo pasado del patio al presente de la escritura –o de la lectura.

El niño solo en el patio, sin juegos ni muñecos, ajeno a los animalitos, escondido detrás de un árbol le grita a quien lo busca, a quien lee: ¡Soy huérfano! Ésta es la distracción del niño-poeta, la frase donde se esconde. Distrae a quien lo oye y él mismo se distrae jugando. Un juego peligroso: decir una frase y ser otro o ser uno mismo. En todo caso: estar solo. Un juego de resistencia. Es el lenguaje el verdadero juguete donde proyecta –o inventa- su soledad.

Y como un pase de magia, de esa frase pasa a encontrarse inmediatamente en el centro de toda belleza, escribiendo poemas. Pero ahí, en medio de ese placer y de esa belleza hay, entonces, rebeldía y soledad. Y en ese triunfo del final, en esa segunda exclamación se anudan soledad y compañía: el poeta le pide al lector que imagine eso, la belleza, los poemas, esos juguetes que por más que se esconda, el poeta termina por prestar. 


AUTOBIOGRAPHIA LITERARIA

When I was a child
I played by myself in a
corner of the schoolyard
all alone.

I hated dolls and I
hated games, animals were
not friendly and birds
flew away.

If anyone was looking
for me I hid behind a
tree and cried out "I am
an orphan."

And here I am, the
center of all beauty!
writing these poems!
Imagine!

25.7.12

William Shakespeare - Ricardo II





Acto II, Escena II


Bushy.    Su Majestad, está usted demasiado triste:
me prometió que cuando el rey partiera
dejaría de lado esa pesadez que daña la vida
y estaría con un estado de ánimo más alegre.

La Reina.    Contentar al Rey, pude; estar contenta yo,
eso no puedo hacerlo. Sin embargo no sé por qué
le doy la bienvenida a semejante huésped como la tristeza
salvo por el hecho de haber despedido a tan dulce huésped
como mi dulce Ricardo. Pero, otra vez: pienso que una pena
aún inexistente, madurada en el vientre de la fortuna
viene hacia mí, y con casi nada se inquieta
lo profundo de mi alma: me apeno por algo
que no es meramente la partida de mi Señor y Rey.

Bushy.    Cada razón para la pena tiene veinte sombras
que se presentan como la pena misma pero que no lo son.
Los ojos de la tristeza, vidriados por lágrimas que los ciegan,
dividen lo completo en una multitud de objetos
como ciertos rompecabezas que mirados con detenimiento
sólo muestran confusión - pero para quien los mira de lejos
cobran forma y sentido: así, mi dulce Majestad,
viendo de reojo la partida de su Señor, usted encuentra
antes que su ausencia, otros motivos por los que sufrir,
pero que vistos tal cual son, no son más que sombras
de algo que no existe. Entonces, mi Reina tres veces magnífica,
no llore más que la partida de su Rey: no hay más para ver
y si lo hay, es con la falsa mirada de la tristeza
que no llora por cosas verdaderas sino por cosas imaginarias.

La Reina.    Puede ser, pero mi alma, muy adentro mío,
me convence de lo contrario; sea como sea,
sólo puedo estar triste, y con una pena tan pesada,
como cuando uno, sin querer pensar en nada, piensa,
y con esta pesada nada me desmayo y disminuyo.

Bushy.    No es sino una pena ilusoria, mi excelente Reina.

La Reina.    Nada más ni nada menos. Éstas siempre vienen
de alguna pena antigua; la mía no tiene esta característica
ya que nada ha causado este algo por el que peno
o bien algo ha causado esta nada que me atormenta.
Soy poseedora por adelantado de este sufrimiento.
Pero qué es, eso todavía no se sabe, no lo sé
ni puedo nombrarlo; no tiene nombre la pena que conozco.




Nota del T.: Me pongo a releer partes de un diario que empecé a escribir a fines del año pasado. No sé por qué pero siempre los abandono pasado un cierto tiempo. Me cuesta mantener una conversación conmigo mismo que dure demasiado. Y lo que leo me llama la atención: un largo período de insatisfacción que no sabía de dónde venía ni cómo pararla. Me sentía como esos chicos que juegan en las fuentes de agua que se ven en algunos parques, que están al ras del piso y tienen muchos agujeros. Los chicos tapan con sus pies alguno y ven cómo el agua sale por otro. Yo veía brotar la insatisfacción por nuevos lugares inesperados.

Lo que en verdad dice la reina al final de su parlamento no es que las penas “vienen/ de alguna pena antigua”, sino que todas tienen alguna pena-padre ancestral que las engendra. Pienso en esa suerte de genealogía que se perfila en lo que dice, de árbol genealógico del pesar. Y recuerdo el famoso tango, “Naranjo en flor” donde oímos: “¿Qué le habrán hecho mis manos/ para dejarme en el pecho/ tanto dolor de vieja arboleda?”.

Dolor de vieja arboleda, me gusta eso. Sin embargo, la reina dice que la suya, su pena, no tiene causa ni padre: es huérfana y rueda sin gobierno. Desde ya que es una intuición válida en la obra: traiciones, torpes manejos políticos por parte del marido… Es notable que Bushy le diga que es la tristeza, las lágrimas que llora lo que le impiden a la reina ver con claridad. Pienso en la inteligencia adelantada de la tristeza que es la que puede ver la dirección del abandono y de la orfandad.

Termino de releer algunas páginas más de ese diario que estuve escribiendo. No siento pena por mí mismo, pero me resulta necesario entender qué era lo que estaba pasando. Hoy creo que tenía una tristeza que sólo mi alegría puede comprender.




II, II


Bushy.    Madam, your majesty is too much sad.
You promised, when you parted with the king,
to lay aside life-harming heaviness,
and entertain a cheerful disposition.

Queen.    To please the king, I did: to please myself
I cannot do it; yet I know no cause
why I should welcome such a guest as grief,
save bidding farewell to so sweet a guest
as my sweet Richard; yet again methinks,
some un born sorrow, ripe in fortune’s womb,
is coming towards me, and my inward soul
with nothing trembles; at some thing it grieves,
more than with parting from my lord the king.

Bushy.    Each substance of a grief hath twenty shadows
which shows like grief itself, but is not so.
For sorrow’s eye, glazed with blinding tears,
divides one thing entire, to many objects;
like perspectives, which rightly gazed upon
show nothing but confusion, eyed awry,
distinguish form; so your sweet majesty
looking awry upon your lord’s departure,
finds shapes of grief, more than himself, to wail;
which, looked on as it is, is nought but shadows
of what is not: the, thrice-gracious Queen,
more than your lord’s departure weep not; more’s not seen;
or if it may be, ‘t is with false sorrow’s eye,
which, for things true, weeps things imaginary.

Queen.    It may be so; but yet my inward soul
persuades me it is otherwise; howe’er it be,
I cannot but be sad; so heavy sad,
as though on thinking on no thought I think,
makes me with heavy nothing faint and shrink.

Bushy.    ‘t is nothing but conceit, my gracious lady.

Queen.    ‘t is nothing less, conceit is still derived
from some forefather grief; mine is not so,
for nothing hath begot my something grief
or something hath the nothing that I grieve;
‘t is in reversion that I do possess,
but what it is, that is not yet known, what
I cannot name; ‘t is nameless woe I wot.

17.7.12

Denise Levertov - Desde lejos (II)



Desde Lejos (II)

El primer poema
se convierte en el último.

El mundo
es redondo.
Estoy viajando.

Aprendí
el tenso y esbelto
calor de tu cuerpo
casi de memoria.

La más azul y lejana distancia
es la que llevás
adentro tuyo-
su frío es
inexorable.

que no podés escucharme.

Recojo las espigas
sola en un campo
en medio del mundo,

vos estás escuchando
una canción
que desconozco,

que nadie
ha cantado aún.

Esto no es
una despedida.
Tengo
tu palabra,
inviolable.
El último poema

envuelto en el lúcido color
ámbar del mundo

se convierte en el primero.






Nota del T.: Recuerdo exactamente cuándo traduje este poema. Estaba en Fort Worth, Estados Unidos, en diciembre de 2009. Era de noche y la única luz en toda la casa era la de mi laptop y su reflejo en mi cara. Durante el día había leído casi toda la sección “Modulaciones para una sola voz”, del libro Vida en el bosque, de Levertov. Hoy, revisándola, me vuelvo a encontrar con este poema y con el epígrafe de la serie que es de Carson McCullers: “Están el amante y el amado, pero cada uno viene de diferentes países”. Aquella noche, cuando yo recién estaba empezando a conocer a Levertov y la poesía de Estados Unidos, cuando hacía todavía menos que había empezado a traducir y recién acababa de publicar mi primer libro de poemas, aquella noche yo estaba lejos pero no estaba viajando: estaba quieto y en mis yemas latía la memoria de un cuerpo lejano.

Pero cada tanto salía a pasear. Una de las cosas que uno no puede dejar de observar apenas llega a Fort Worth es que no existen los peatones. Así de sencillo. Hay veredas limpias, sin grietas, pulcras, que nadie pisa. La explicación es poco interesante para el sorprendido: todos andan en auto. Es más, ni siquiera los automovilistas están del todo preparados para la aparición de los peatones. Yo, que no veía a nadie caminando, y ellos, que de pronto veían a alguien caminando, teníamos la sensación de que nadie estaba donde debía estar.

Y de pronto visualizaba aquel cuerpo deseado, redondo como un mundo por el que alguna vez viajé y que entonces no podía recordar sin que mi propio cuerpo, como en el poema sobre Chéjov (http://hastadondellegalavoz.blogspot.com.ar/2011/12/denise-levertov-como-amar-chejov.html), que también pertenece a esta serie, me inquietara y se molestara conmigo porque no entendía el significado de la separación, de las veredas que se bifurcan.

Volviendo a casa esa tarde, antes de traducir este poema, pensé en esas veredas de Fort Worth que de noche no están iluminadas por los postes de luz. Y pensé en el eventual paseante nocturno que espera que algún auto pase para poder avanzar y se me ocurrió que yo, sintiendo frío, tarareando algo de Spinetta, esperaba también encender la computadora y dejarme iluminar por esa pantalla y por el trabajo insomne.




From Afar (II)

The first poem
becomes the last.

The world
is round.
I am wayfaring.

I learned
the tense and slender
warmth of your body
almost by heart.

The bluest, furthest distance
is what you carry
within you-
the cold of it
inexorable.

I know
you can’t hear me.

I’m gleaning
alone in a field
in the middle of the world,

you’re listening
for a song that
I don’t know,

that no one
yet has sung.

This is not
farewell.
I have
your word for it,
inviolate.
The last poem

enclosed in the lucid
amber of the world

becomes the first.



from Poems 1972-1982, New Directions Publishing, New York, 2001.

9.7.12

William Shakespeare - Soneto 23




XXIII

Como un imperfecto actor en el escenario
que a causa de su miedo se sale de su papel,
o como un odio tan repleto de furia
que su inmensa fuerza debilita su propio corazón,

así yo, temiendo confiar, olvido los pasos
de la perfecta ceremonia del amor que me lleva,
y con el propio poder de mi amor parezco hundirme,
sobrecargado con el peso que la fuerza de mi amor tiene.

Oh, dejen que mis libros sean entonces los elocuentes,
los adormecidos ventrílocuos de las palabras de mi pecho,
los que supliquen por amor y busquen una recompensa
mayor de la que esa lengua jamás sería capaz de expresar.

Oh, hay que aprender a leer lo que el amor escribe en silencio:
sólo la fina inteligencia del amor puede oír con los ojos. 




Corto el teléfono. Me tapo con las sábanas y me quedo mirando el techo. Hacía años que no hablábamos por teléfono y hacía dos desde la última vez que vino a la Argentina. Su voz aniñada me enternece, me recuerda intensamente partes de mi pasado pero a la vez me choca lo que me cuenta con esa voz, me estremece que me hable de su Universidad, de los problemas con sus directoras de tesis, de las peleas, de que el día anterior a venir estuvo vomitando de los nervios. Cierro los ojos y trato de imaginar su  vida, esas cosas por las que está pasando y que apenas unas pocas palabras bastan para que mi imaginación se dispare. Y recuerdo por un instante una película que vimos juntos muchos años atrás: Hable con ella, de Almodóvar. Estábamos los dos con lápiz y papel queriendo escribir notas para un posible trabajo, pero en algún momento dejamos las cosas y nos sumergimos en la película. En cierta manera me siento como la torera que no deja de mirar a Marco que llora emocionado, ensimismado, apoyado en una columna, al escuchar a Caetano Veloso cantar “Cucurrucucu paloma”. Sí, siento como si hubiera una cámara que muestra primero algunos personajes secundarios y que luego se queda con ella, la muestra diciéndose a sí misma que siente vértigo, que no está segura de cómo va a salir todo, que le cuesta dormir, y luego me muestra a mí mirándola a ella, tratando de seguir sus pensamientos, de leer con los ojos su silencio, mientras que de fondo se oye a Caetano cantar: “Dicen que por las noches nomás se le iba en puro llorar/ Ay ay ay paloma, no llores/ Las piedras: ¿qué van a saber de amores?”




XXIII

As an unperfect actor on the stage,
who with his fear is put besides his part,
or some fierce thing replete with too much rage,
whose strength’s abundance weakens his own heart,

so I, for fear of trust, forget to say
the perfect ceremony of love’s right,
and in mine own love’s strength seem to decay,
o’vercharged with burden of mine own love’s might.

O, let my books be then the eloquence
and dumb presagers of my speaking breast,
who plead for love and look for recompense
more than that tongue that more hath more expressed.

O, learn to read what silent love hath writ:
to hear with eyes belongs to love’s fine wit.


1.7.12

Truman Capote - Prefacio de Música para camaleones





Extracto 
del Prefacio 
de Música para camaleones

Mi vida –como artista por lo menos- puede ser graficada con la misma precisión que una fiebre: las subidas y bajadas, los ciclos bien definidos.
Empecé a escribir a los ocho años – de la nada, sin ningún ejemplo que me inspirara. No había conocido a nadie que escribiera; en verdad conocía bastante poca que leyera. Pero el hecho fue que las únicas cuatro cosas que me interesaban eran: leer libros, ir al cine, el tap y dibujar. Después un día empecé a escribir sin saber que me encadenaba de por vida a un noble pero impiadoso amo. Cuando Dios te da un regalo también te entrega un látigo, y la sola función de ese látigo es la autoflagelación.
Pero, desde luego, yo no sabía eso. Escribía historias de aventuras, de asesinatos misteriosos, obritas de comedia, cuentos que me habían contado esclavos que ya no lo eran y veteranos de la Guerra Civil. Fue muy divertido – al principio. Dejó de ser divertido cuando descubrí la diferencia entre escribir bien y mal y después hice un descubrimiento aún más alarmante: la diferencia entre algo muy bien escrito y el verdadero arte. Es sutil pero salvaje. Y después de eso, ¡caía el látigo!
Como cierta gente joven practica el piano o el violín cuatro o cinco horas diarias, así yo jugaba con mis papeles y lapiceras. Sin embargo, nunca discutí mi escritura con nadie; si alguien me preguntaba qué hacía todas esas horas, les decía que la tarea del colegio. Mis tareas literarias me mantenían completamente ocupado: mi aprendizaje en el altar de la técnica, oficio; las endemoniadas complejidades de armar párrafos, puntuar, colocar los diálogos. Sin mencionar el diseño general, siendo el más demandante el de nudo-comienzo-final. Uno tenía que aprender tanto y de tantas fuentes: no sólo de los libros, sino de la música, la pintura y de la sencilla observación cotidiana.
De hecho, lo más interesante de lo que escribía en esos días eran las sencillas observaciones cotidianas que anotaba en mi diario. Descripciones de un vecino. Largas transcripciones textuales de conversaciones oídas al pasar. Chismes locales. Una suerte de informes, un estilo de “ver” y “oír” que luego me influenciaría seriamente, a pesar de no saberlo entonces, porque toda mi escritura “formal”, las cosas que pulía y tipiaba, eran más o menos ficcionales.
Para cuando cumplí diecisiete ya era un escritor. De haber sido un pianista, hubiera sido el momento de mi primer concierto público. Así, decidí que estaba listo para publicar. Envié cuentos a los principales revistas literarias como también a revistas nacionales que, en aquel tiempo, publicaban la mejor ficción llamada “de calidad” – Store, The New Yorker, Harper’s Bazaar, Mademoiselle, Harper’s, Atlantic Monthly – y cuentos míos aparecieron debidamente en esas publicaciones.
Después, en 1948, publiqué una novela: Other Voices, Other Rooms. Fue bien recibida por la crítica y se convirtió en un best-seller. También fue, debido a una exótica foto del autor en la solapa, el inicio de una cierta notoriedad que se mantuvo cerca mío por todos estos años. Otros desestimaron el libro como si fuera el fruto monstruoso de un accidente: “Increíble que alguien tan joven pueda escribir tan bien”. ¿Increíble? ¡Sólo estuve escribiendo día y noche durante catorce años! De todas maneras, la novela fue una conclusión satisfactoria para mi primer ciclo de desarrollo.
[...]




Nota del T.: Mi primer ciclo de desarrollo: ¿quién sabe cuándo habrá empezado? Hago memoria y trato de pensar cuándo empecé a escribir. Sé que es dato importante para algunos escritores y que se han inventado historias geniales acerca de ese lejano origen. Pero en mi caso, yo empecé a escribir en la primaria, como todos, jugando con el alfabeto, cortando pedacitos de papel glacé y pegándolos sobre la letra “A” dibujada previamente con lápiz y dificultad. Después habrán venido los dictados. Yo escuchaba a la maestra con una mezcla de miedo y fascinación como, supongo yo, los escritores escuchan a la Musa. Lo que pasa es que yo tengo una suerte de atención atontada, y me perdía con facilidad y me ponía a mirar por la ventana y tomaba nota de otras cosas. Estar inspirado es algo así para mí. Escuchar algo, pero escribir otra cosa. Algo más cercano al desvío que a la puntería. Me acuerdo que en la secundaria, una profesora a quien yo me estaba animando a contarle mis intereses literarios, cosa que yo siempre cargaba como un secreto, me dijo con una media sonrisa: “Y decime, ¿vos escuchás voces cuando escribís?”. No sé si estoy del todo de acuerdo con Truman Capote: no creo que sea sólo para autoflagelarse ese látigo, creo que también sirve para asustar a los imbéciles.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...