28.5.12

Virginia Woolf - Percival



[fragmento de Las Olas, de Virginia Woolf]


“Está muerto”, dijo Neville. “Se cayó. Su caballo se tropezó. Salió lanzado. Las aspas del mundo torcieron su rumbo y me dieron en la cabeza. Todo terminó. Las luces del mundo se apagaron. Ahí está el árbol que me impide pasar.
            “Oh, ¡abollar este telegrama con mis dedos – dejar que la luz del mundo regrese a su origen – decir que esto no pasó! ¿Y para qué girar la cabeza de un lado para el otro? Ésta es la verdad. Éstos son los hechos. Su caballo dio un traspié; él fue lanzado. Los árboles que pasaban y los rieles blancos se perdieron como una lluvia. Hubo una oleada; un tamborileo en sus orejas. Después, el golpe; el mundo estalló; respiró con pesadez. Murió donde cayó.
            “Los graneros y los días de verano en el campo, los cuartos donde nos sentamos – ahora quedaron en el mundo irreal que ya no existe. Cortaron mi pasado. Vinieron corriendo. Lo llevaron a un pabellón, hombres con botas para andar a caballo, hombres con viseras; entre hombres desconocidos murió. La soledad y el silencio muchas veces lo rodearon. Muchas veces me dejó. Y después, viéndolo volver, yo decía: ‘¡Miren cómo viene!’
            Las mujeres pasan arrastrando los pies como si no hubiera un abismo en la calle o un árbol con hojas resecas que no podemos pasar. Entonces merecemos tropezarnos con los montículos de tierra. Somos infinitamente abyectos, arrastrando los pies con nuestros ojos cerrados. ¿Pero por qué debería rendirme? ¿Por qué tratar de levantar mi pie y subir las escaleras? Acá es donde estoy; acá, con el telegrama. El pasado, los días de verano y los cuartos donde nos sentamos se pierden en la corriente como papel quemado. ¿Para qué reunirse y volver a empezar? ¿Para qué hablar y comer e inventar otras combinaciones con otra gente? Desde este momento estoy solo. Nadie me va a reconocer ahora. Tengo tres cartas, “Estoy por jugar quoits con un coronel, así que paro”, así él termina nuestra amistad, abriéndose paso entre la gente con un saludo. Esta farsa no merece más celebraciones formales. Sin embargo si alguien hubiera dicho aunque sea: “Esperá”; o hubiera puesto la correa tres agujeros más acá – hubiera hecho justicia por cincuenta años, se hubiera sentado en la Corte y cabalgado solo al frente de las tropas y denunciado tiranías monstruosas y vuelto con nosotros.
            Ahora yo digo que hay una mueca, un subterfugio. Hay algo burlándose detrás de nuestras espaldas. Ese chico perdió pie al subirse al micro. Percival cayó; murió; está enterrado; y yo veo gente pasar, que se agarra fuerte de los pasamanos de los colectivos, determinados a salvar sus vidas.
            No voy a levantar mi pie para subir la escalera. Voy a pararme debajo del árbol por un momento; solo con el hombre cuya garganta está cortada, mientras abajo el cocinero da las malas noticias. No voy a subir las escaleras. Estamos condenados, cada uno de nosotros. Las mujeres pasan con bolsas de supermercado. La gente sigue pasando. Sin embargo no vas a destruirme. Por este momento, este solo momento, estamos juntos. Te aprieto junto a mí. Vení, dolor, alimentate de mí. Enterrá tus colmillos en mi carne. Cortame en pedazos. Sollozo, sollozo.”

            “Tal es la incomprensible combinación”, dijo Bernard, “tal es la complejidad de las cosas, que mientras estoy bajando las escaleras no sé cuál es la pena y cuál la alegría. Nació mi hijo; Percival está muerto. Me sostienen pilares, emociones crudas a cada lado, ¿pero cuál es la pena, cuál, la alegría? Pregunto y no sé, sólo que necesito silencio y estar solo y salir y guardar nuestras horas para considerar qué pasó con mi mundo, qué hizo la muerte con mi mundo.
            Éste es el mundo que Percival ya no ve más. Déjenme ver. El carnicero hace una entrega a un vecino; dos ancianos dan tropiezos en la calle; los gorriones se posan. Entonces la máquina funciona; noto el ritmo, la vibración, pero como de una cosa de la que no formo parte, ya que él no la ve más. (Está acostado, pálido y vendado en algún cuarto). Ahora entonces es mi oportunidad para encontrar qué es de mayor importancia y debo tener cuidado, y no mentir. Yo sentía que él estaba sentado en el centro de mis sentimientos. Ahora no voy más a ese sitio. El lugar está vacío.
            Oh, sí, les puedo asegurar, hombres con sombreros y mujeres que llevan bolsas, que han perdido algo que hubiera sido muy valioso para ustedes. Han perdido un líder a quien hubieran seguido; y uno de ustedes ha perdido felicidad e hijos. Está muerto quien les hubiera dado eso. Está tirado en una cama de campaña, vendado, en cierto ardiente hospital de la India mientras alguien en cuclillas lo abanica.











Nota del T.: Las notas del traductor suelen ser precisiones. Yo prefiero las digresiones.





Vuelvo a ver esta versión de “Wild Horses”. Me dejo envolver por la electricidad que genera el jugueteo de las miradas de Alicia Keys y Adam Levine. Imagino vagamente una historia sugerida por esos gestos que van de uno a otro mientras la música crece en el medio. Vuelvo a pensar en los efectos que tiene la muerte de Percival en Neville y Bernard, en cómo hablan solos. Y sólo por un segundo se me ocurre que traducir es un poco como extrañar, quiero decir: un trabajo a partir de la ausencia del otro al mismo tiempo que implica hacerlo presente. Extrañar: un modo de recordar, de traer algo al presente, que no necesariamente implica la nostalgia. A lo mejor es sólo eso: sentirse un poco extraño por la ausencia de alguien, o por el avance del tiempo. En mi caso, yo tengo la suerte de traducir sólo aquello que me gusta. Si no me apasiona de alguna manera, lo dejo.

Con esta novela en particular tuve una relación intensa. La leí dos veces en diferentes ediciones, traduje en su momento pasajes sueltos, leí de los diarios de Virginia Woolf los años en que trabajó en ella, traduje las partes más iluminadoras, incluso una vez escribí un poema inventando una nueva entrada de su diario, soñando que yo era ella. Y hoy, mientras escuchaba este tema de fondo, traduje este pasaje, electrizado. En cierta medida, yo vengo espiando a Virginia Woolf hace unos años, leyendo sus novelas, sus diarios, alguna carta, biografías. Me asomo, curioso, a ver qué hacía cuando se desalentaba o recibía una hermosa devolución, cuántas veces reescribió Las olas, qué pensaba de su propia escritura, cómo hablaba de ella misma. Y me sonrío, la vuelvo a mirar de reojo. Hay algo intenso en la traducción, pero de una intensidad distanciada, como una unión dispersa o un acercamiento alejado. Algo como recordar. El traductor es una figura que está y no está. Yo creo que para el traductor el escritor que está traduciendo también está y no está. Pensando en esta suerte de titilación y viendo el video, creo que hay algo erótico, seductor, un juego de atracciones que está presente en el impulso por traducir.

Como Alicia y Adam, Virginia y yo tenemos instrumentos no tan diferentes pero que suenan distinto. Yo trato de seguirle el ritmo en castellano, intentando sonar lo más parecido que pueda a ella sin olvidar su idioma, su sociedad, su género. Y me pregunto cómo será que entra en nuestro idioma este pasaje en inglés, cómo cambian las tradiciones a partir de las traducciones, mientras veo la llegada de los caballos salvajes y me relaciono con una literatura que me hace extrañar, quiero decir: pensar con extrañeza en mi origen. 

17.5.12

Tom Maver - Poemas











                  No me molesten.
                  Acabo
                  de nacer.


                                    Mary Oliver





Esta foto habla de mí. Duermo en el asiento de atrás del auto, un Gacel gris que tuvimos por años y que hoy apenas recuerdo. Trato de imaginar aquel viaje. Mis padres hablan, veo por el espejo retrovisor una franja de la mirada de mi padre, me veo a mí mismo con sueño mirando por la ventana, restregándome los ojos, acomodándome de a poco en el asiento. En un momento, mi madre se da cuenta, hacen silencio. Mi padre baja la velocidad mientras ella saca la cámara. Elige un instante del tiempo y aprieta el disparador. Ahora ustedes me ven con los ojos de mi madre. Esta foto habla de cómo fui mirado una vez.

Entre ese instante congelado y éste hay un paréntesis que se sigue abriendo. De esos ojos cerrados a estos abiertos, de él a mí: desajustes. Mis sueños, mis palabras, mis poemas: nada parece hacerme coincidir conmigo mismo. Ser cada vez diferente del que fui. Estar hecho de humo, ser la superficie de una pileta un día de lluvia. En todo momento estamos tendiendo hacia algún lado, somos agarrados en un vaivén, hamacándonos entorno al presente.

Miro la foto de nuevo. Parezco tranquilo, relajado. El chalequito, los colores de la botamanga haciendo juego con la camisa, la postura, todo eso da la sensación de que hay una mano amorosa que acomoda mi infancia. En cierta medida creo mis padres le sacaron una foto a un deseo, el suyo. Hoy ya no sé si coincido con aquel niño, con ese deseo. Voy a un espejo, me miro y veo otra cosa. Vuelvo a la foto: no puedo dejar de pensar que en esta imagen falta algo y no sé qué es. Me pregunto qué estaría soñando y me doy cuenta, entonces, de qué es lo que falta en el cuadro: mi propia mirada.

Es extraño escribir poemas, es una actividad que para mí tiene al mismo tiempo la cualidad de la publicidad y la del secreto. Uno puede esconderse, pero se muestra. Uno muestra algo, pero inevitablemente caen los velos que sugieren otras cosas, cosas que muchas veces ni siquiera uno mismo se da cuenta de que está poniendo sobre el tapete. Supongo que toda esta nota es para justificar el hecho de mostrar mis propios poemas en un blog de traducciones. Pero es también un acto de fidelidad: soy esto y esto y esto. Aquéllos son mis límites como traductor; éstos, como escritor. Mientras tanto, los poemas van de un cerco al otro.

Me reservo ese gesto pudoroso al mismo tiempo que vanidoso: que hayan sido otros, otras, las que publicaran mis cosas. Mi agradecimiento a Sandra Toro y a su enorme blog: El placard (http://el-placard.blogspot.com.ar/2012/04/poemas-de-tom-maver.html); y a Rocío Wittib por convocarme a participar en la revista mexicana: Círculo de poesía (http://circulodepoesia.com/nueva/2012/04/nuevos-poetas-de-buenos-aires/).
De paso también dejo el link donde Osvaldo Bossi, un tiempo atrás, publicó unos poemas míos que todavía hoy siguen inéditos: http://muchachodeloshelados.blogspot.com.ar/search/label/Tom%C3%A1s%20Maver

En fin, estos son algunos de mis poemas. La inexactitud de lo que soy, los párpados cerrados de ese chico, la electricidad de los polos de mi persona, los imanta.


13.5.12

James Laughlin - El viaje sin nombre


(EEUU, 1914 - EEUU, 1997)


El viaje sin nombre

¿A dónde va
cuando cierra los ojos
cuando hacemos el amor?

Está ahí, a mi lado
pero no está ahí
Si la toco tiembla
pero no dice nada

Una noche le pregunté
a dónde era que viajaba
Entonces me sonrió y
contestó no te preocupes

nunca voy a estar lejos tuyo
La tierra que visito
es la tierra de los poemas
que escribiste para mí.





Nota del T.: ¿No se puede pensar el “ella” de este poema como la figura del traductor, de la traductora? ¿La que tiembla porque la tocan, y la que sin embargo no dice nada; la que viaja pero se queda al lado del otro; la que parece no estar y que sin embargo es quien viaja a la tierra de los poemas? Al traducir yo siento que los poemas fueron escritos para mí, los leo y releo y me alejo lo más cerca que puedo, y es una unión tan alejada, una proximidad tan imposible que por un momento creo que el poeta y yo somos los únicos en el mundo que hablamos el mismo idioma. El traductor o la traductora es quien vuelve de la tierra de los poemas y dice: Traducir es cuando la lectura y la escritura hacen el amor.


ººººººººººººººººººº


The nameless voyage

Where does she go
when she closes her eyes
when we are making love?

She is there by my side
yet she isn't there
If I touch her she trembles
but says nothing

One night I asked her
where it was she travelled
This time she smiled and
answered don't be worried

I'll never be far from you
The land which I visit
is the land of the poems
you have written for me.

7.5.12

Mary Oliver - Otra forma de entrar al fuego





Nota del T.: Sedentario a más no poder, en otros lugares me cuesta dormir. Me quedo inmóvil en la cama, habiendo dormido apenas unas pocas horas. Mis amigos, en cambio, descansan. Oigo sus respiraciones pesadas, el chasquido del caloventor cuando se enciende o se apaga. Tengo los ojos abiertos. Estoy en una cama marinera en un hostel cerca del río, en Rosario. Del otro lado del río se ven árboles, una vegetación blanda acariciada por el río. Oigo pasos que van y vienen por el patio que da a nuestro cuarto y por donde entra la luz del día. Algo indefinido en el cuerpo me duele. Hay otras formas de vivir, me digo. Pero agrego: es el momento de vivir así, sin que se note casi, en silencio, en una semi oscuridad y con la sensación de que sería imposible levantarme. Cierro los ojos. En otra parte, muy lejos de donde estoy, una mujer se levanta y sale a caminar con una libretita donde escribe poemas hermosos. Poemas que en algún momento, cuando me levante, cuando vuelva a Buenos Aires, leeré asombrado y que querré traducir. Y pienso en este hecho: soy una persona que la mayor parte del tiempo lee, traduce y escribe poemas, cosa que luego de estar tres días sin hacerlo me desconcierta un poco. Si me dejara llevar, podría creer que esa es otra vida, anterior o imaginaria. Oigo un crujido. Alguno de mis amigos acaba de moverse en la cama. Pero yo escucho otra cosa: Mary Oliver, allá, en Nueva Inglaterra, luego de escribir un nuevo verso en su libreta, sigue caminando por el bosque, pisando ramas que se quiebran. Huele el aire de la mañana que parece provenir del suelo. Mira a su alrededor. Su cabaña quedó atrás. Siente que es hora de regresar, que necesita terminar ese poema que le ronda la cabeza. Yo vuelvo a escuchar pasos en el patio, alguien sube por la escalera a las apuradas y cierra la puerta de un cuarto. Me quedo oyendo con los ojos abiertos.

Escribir es como pescar, se requiere de atención, de insistencia y de un tiempo de espera. Para luego ver que lo que sacamos no es lo que esperábamos: su misterio nos interpela y nutre. Escribir es otra forma de entrar a la naturaleza, dice Mary Oliver. Traducir, digo yo, es otra forma de entrar al fuego de la escritura. 


A continuación, la selección de poemas que traduje para la revista virtual No-Retornable (gracias, Nurit, por pensar en mí).




3.5.12

Sharon Olds - El hotel





El hotel

Cuando escucho que está venido abajo no lo puedo creer,
puedo ver la O cuadrada de adobe
mirando hacia adentro, hacia el patio
interno y la pileta y las flores y parece
permanente como una idea platónica,
tan lejos de la destrucción como el Jardín del Edén.
Cuando los visitaba me quedaba ahí la última
noche, al lado del aeropuerto, me levantaba
a las seis, me ponía mi traje de baño
en la oscuridad, corría el ventanal y atravesaba
el frío jardín hacia la pileta. Volutas de
vapor giraban sobre la superficie,
los pájaros en las palmeras despertaban, yo me deslizaba
adentro y me hundía y estaba en casa, en el verde y líquido
mundo sin aliento donde a menudo
había ido con mi padre. Cuanto más enfermo estaba,
esos últimos meses, tanto más sentía
que acá era donde yo siempre lo podría encontrar-
sumergida, con el cuerpo apretado
por el abrazo sofocante del agua.
Luego me iba al cuarto, pasaba
el arbusto con la camelia apartada, el amor
que anhelaba de él,
prendía la caliente y ponía mi cabeza abajo
como si estuviera bajo la pendiente del Jordán
y podía bautizarme hija suya, y ahora es un montón
de basura – las lozas, los cocos
de las palmeras, los brotes de las gardenias,
roña, nidos, vigas. Deben haber
vendido las camas, apartado los jabones
aceitosos, ondulados, molidos tres veces – y si
salvaron la pileta, la deben haber sacado de cuajo
dejando un agujero como una tumba,
o habrán excavado, como con Pompeya. De todas maneras,
cada huella de todo
lo que me mantuvo
cerca de él
va a ser removida del planeta. Sólo este pequeño
oasis – gorriones y pittosporum,
una mujer adentro del agua y
adentro de su corazón su padre
que ronca y adentro de sus ronquidos, su hija,
la pileta, el patio, la ciudad, la tierra,
el universo, floreciente expansión de las ruinas.





Nota del T.: Nadie conoce los espejos. Nadie vio un espejo. Sólo lo que refleja porque en sí no es nada. Miro el espejo: veo mi cara. La carencia de esa superficie es también su riqueza. Es un misterio a la vista de todos. Nadie conoce a los traductores. Se nos pide que no estemos: somos eficientes si no se notan nuestras manos, si no dejamos nuestras huellas digitales marcadas en los espejos que construimos. Pero nuestra invisibilidad es también nuestra astucia, nuestra escondida libertad. De todas maneras me pregunto: ¿qué soy sin el poema que traduzco, sin ese hotel donde permanezco una breve temporada como el protagonista de Hierro 3, de Kim Ki-duk?

Traduzco “El hotel” de Sharon Olds, lo releo en castellano, corrijo dos palabras, borro una tercera, dudo de una coma y vuelvo a leerlo pero esta vez en voz alta. Por un segundo me distraigo pensando en esa pileta, en la sensación de entrar en ella que es como entrar en el poema para traducirlo, sumergirse hasta el fondo dejándose atravesar por esa corriente tibia, en su envoltura de imágenes sonoras y pensamientos rítmicos. Sigo con la lectura del poema. Ahora no puedo evitar pensar en mi propio padre, en lo que sería que él muriera y saco la cabeza para tomar aire. Decido salir un rato. Pero me doy vuelta y observo la superficie del poema-pileta una última vez más de cerca: veo mi cara húmeda en el espejo de la traducción. Mi orfandad tiembla. 

Padres, hijas, hijos, madres. Escritoras, traductores. Familias extrañas, vagos parecidos, extravagancias. Por un momento me dejo pensar que este poema lo podría haber escrito yo. Pero no. Yo sólo me zambullí por un rato en esa pileta para que se siga expandiendo la zambullida de Sharon y el patio, la ciudad, la tierra, el universo...



Versión de Tom Maver


 ºººººººººººººººººººººººººººº

The Motel

When I hear it’s torn down I can hardly relieve it,
I can see the square O of adobe
facing in, onto the inner
courtyard, and the pool, and the flowers, it feels
permanent as a Platonic idea,
as far beyond destruction as the Garden of Eden.
When I visited them I would stay there the last
night, next to the airport, get up
at six, put on my bathing suit
in the dark, open the glass and cross
the cold garden to the pool. Curls of
steam wandered up form the surface,
the birds in the palms awoke, I slid in
and sank an I was at home, in the green
breathless liquid world where I had often
gone with my father. The sicker he got,
those last months, the more I felt
this is where I would always find him-
underwater, body squeezed
in the water’s airless hug.
I would pad back to my room, past
the bush with its stray camellia, the love
I longed for from him,
I’d turn on the hot, put my head under
as if it were upright Jordan, and I could
baptize myself his daughter, and now
it’s a pile of rubbish – the tile surround,
palm-nuts, gardenia buds,
dirt, nests, girders. They will have
sold the beds, set aside the triple-milled
amber fluted soaps – and did they
save the pool, unsuction it up and
leave a hole like a grave, or did they
cave it in, Pompeiian. Anyway,
every trace of everything
that held me
holding him
will be removed from the planet. Only this small
oasis – sparrows and pittosporum,
a woman down inside the water, and
down inside her heart her snoring
father, and in his snore his daughter,
the pool the courtyard, the city, the earth,
the universe, expanding blossom of wreckage.




from The Father, Alfred A. Knopf, New York, 2011.

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