29.9.12

Samuel Beckett - Molloy


Párrafo con que abre el primer capítulo de Molloy

I.


Estoy en el cuarto de mi madre. Yo vivo ahí ahora. No sé cómo llegué. Quizá en una ambulancia, ciertamente en un vehículo de alguna clase. Me ayudaron. Nunca lo podría haber hecho solo. Está este hombre que viene cada semana. Quizá llegué acá gracias a él. Dice que no. Me da plata y se lleva las páginas. Tantas páginas, tanta plata. Sí, yo trabajo ahora, un poco como solía hacerlo, sólo que ya no sé más cómo trabajar. Eso no importa, aparentemente. Lo que me gustaría ahora es hablar de las cosas que faltan, despedirme, terminar de morir. Ellos no quieren eso. Sí, hay más de uno, aparentemente. Pero siempre el que viene es el mismo. Hacés eso después, me dice. Bien. La verdad es que no tengo mucha más voluntad. Cuando viene por las nuevas páginas me trae de vuelta las de la semana anterior. Están marcadas con signos que no entiendo. De todas maneras no las leo. Cuando no hago nada, él no me da nada, me reta. Sin embargo, no trabajo por plata. ¿Para qué, entonces? No lo sé. La verdad es que no sé gran cosa. Por ejemplo, la muerte de mi madre. ¿Ya estaba muerta cuando vine? ¿O recién se murió después? ¿Lo suficiente para que se la enterrara? No lo sé. Quizá no la enterraron todavía. De cualquier manera, tengo su cuarto. Duermo en su cama. Meo y cago en su chata. Tomé su lugar. Me debo parecer a ella más y más. Todo lo que necesito ahora es un hijo. Quizá tengo uno en alguna parte. Pero creo que no. Debería estar viejo, casi tanto como yo. Fue con una pequeña camarera. No fue verdadero amor. El verdadero amor fue con otra. Ya llegaremos a eso. ¿Su nombre? Lo volví a olvidar. A veces me parece que incluso llegué a conocer a mi hijo, que lo ayudé. Luego me digo que es imposible. Es imposible que alguna vez haya ayudado a alguien. También olvidé la mitad de las palabras y cómo deletrear. Eso no importa aparentemente. Mejor. Es raro el que viene a verme. Viene aparentemente todos los domingos. El resto de los días está ocupado. Siempre tiene sed. Él fue quien me dijo que yo había empezado todo mal, que debería haber empezado de otra manera. Debe tener razón. Empecé desde el principio, como un viejo boludo, ¿lo podés imaginar? Acá está mi comienzo. Porque parece que se lo van a quedar. Tuve muchos problemas para hacerlo. Acá está. Muchos problemas me dio. Era el principio, ¿entienden? Mientras que ahora es casi el final. ¿Es lo que hago ahora algo mejor? No lo sé. Eso no importa. Acá está mi comienzo. Debe significar algo, si no no se lo quedarían. Acá está.




Versión de Tom Maver

23.9.12

May Sarton - Ahora me vuelvo yo misma




Ahora me vuelvo yo misma

Ahora me vuelvo yo misma. Me llevó
Tiempo, muchos años y lugares;
Me disolvieron y sacudieron,
Desgasté la cara de otras personas,
Corrí como loca como si el Tiempo fuera
Algo terriblemente viejo, gritando una advertencia:
“Rápido, que vas a estar muerta antes de que-”
(¿Qué? ¿Antes de que llegues a la mañana?
¿O de que el final del poema esté claro?
¿O de que el amor esté seguro en la ciudad amurallada?).
Ahora para estar quieta, para estar acá,
¡Siento mi propio peso y densidad!
La negra sombra sobre mis papeles
Es mi mano; la sombra de una palabra,
Mientras el pensamiento da forma a la que da forma,
Cae pesada en la hoja, se la escucha.
Todo se funde ahora, encuentra su lugar,
Desde el deseo a la acción, la palabra al silencio,
Mi trabajo, mi amor, mi tiempo, mi cara
Reunidos en un solo intenso
Gesto de crecimiento como el de una planta.
Lento como la fruta madura,
Fértil, separado y siempre gastado,
Que cae pero sin agotar las raíces,
Así es todo el poema, puede dar,
Crece en mí para hacerse canción,
Hecho por el amor y por él arraigado.
Ahora hay tiempo y el Tiempo es joven.
Oh, en esta sola hora vivo
Toda entera y no me muevo.
Yo, la perseguida, la que corre como loca,
Permanezco quieta, quieta ¡y detengo el sol!





Versión de Tom Maver


 ºººººººººººººººººººººº



Now I Become Myself

Now I become myself. It's taken
Time, many years and places;
I have been dissolved and shaken,
Worn other people's faces,
Run madly, as if Time were there,
Terribly old, crying a warning,
'Hurry, you will be dead before-'
(What? Before you reach the morning?
Or the end of the poem is clear?
Or love safe in the walled city?)
Now to stand still, to be here,
Feel my own weight and density!
The black shadow on the paper
Is my hand; the shadow of a word
As thought shapes the shaper
Falls heavy on the page, is heard.
All fuses now, falls into place
From wish to action, word to silence,
My work, my love, my time, my face
Gathered into one intense
Gesture of growing like a plant.
As slowly as the ripening fruit
Fertile, detached, and always spent,
Falls but does not exhaust the root,
So all the poem is, can give,
Grows in me to become the song,
Made so and rooted by love.
Now there is time and Time is young.
O, in this single hour I live
All of myself and do not move.
I, the pursued, who madly ran,
Stand still, stand still, and stop the sun!


16.9.12

Denise Levertov - Un árbol contando de Orfeo





Un árbol contando acerca de Orfeo


Blanco amanecer. Quietud.      Cuando empezó el murmullo  
lo tomé por un viento marino viniendo a nuestro valle con rumores
de sal, de horizontes sin árboles. Pero la niebla
no se agitó; las hojas de mis hermanos permanecieron tendidas,
inmóviles.
                 Sin embargo, el murmullo crecía y se acercaba – y después
mis ramas más alejadas empezaron a sentir un hormigueo, casi como si
un fuego hubiera sido prendido debajo de ellas, demasiado cerca, y sus puntas
se estuvieran secando y retorciendo.
                                                          Sin embargo no estaba asustado, sólo
                                                          profundamente alerta.

Fui el primero en verlo, porque crecí
                  en la ladera verdecida, más allá del bosque.
Él era un hombre, así parecía: los dos
tallos que se movían, el corto tronco, las dos
ramas a los costados, flexibles, cada una terminando en cinco
                                                                                         ramitas sin hojas,
y la cabeza, que estaba coronada por marrón o rubio pasto,
portando una cara, no como de los pájaros, picuda,
                   más bien como la de las flores.
                                             Llevaba una carga hecha de
alguna rama cortada cuando estaba aún verde,
tenía filamentos de una parra atravesados con fuerza. De esto,
cuando lo tocaba, y de su voz que,
distinta de la del viento, no tenía necesidad de nuestras
hojas y ramas para completar su sonido,
                                                                venía el murmullo.
Pero ya no era más un murmullo (él se había acercado y
parado en mi primera sombra) era una ola que me bañaba
                  como si la lluvia
                                             se alzara desde abajo y alrededor mío
                  en vez de caer.
Y lo que sentí no era más un seco hormigueo:
                  yo parecía cantar a la vez que él cantaba, yo parecía conocer
lo que la alondra sabe. Toda mi sabia
       ascendía hacia el sol que, para este entonces,
había subido, la neblina había subido, el pasto
se estaba secando, pero mis raíces sentían que la música las humedecía  
en la profundidad de la tierra.

Se acercó aún más y se apoyó sobre mi tronco:
la corteza se me estremeció como una hoja apenas abierta.
¡Música! No había una sola de mis ramitas que no
                                                                     temblara de alegría y miedo.

A medida que cantaba
ya no eran sólo sonidos lo que producía la música:
él hablaba y, como ningún árbol lo hizo nunca, yo escuché, y el lenguaje
vino a mis raíces
     desde la tierra,
a mi corteza
     desde el aire,
a los poros de mis más verdes brotes,
     gentil como rocío,
y no hubo palabra que cantara cuyo significado yo no supiera .
Habló de viajes,
del lugar donde el sol y la luna van mientras estamos en lo oscuro,
de un viaje terrestre que soñó con hacer algún día,
más profundo que las raíces...
Me contó de los sueños de los hombres, las guerras, pasiones, dolores,
y yo, un árbol, entendí las palabras –ah, fue como
si mi gruesa corteza se hubiera partido como un retoño que
                                                                       en la primavera crece demasiado rápido
y una helada tardía lo hiere.

Cantó el fuego,
ese que los árboles temen, y yo, un árbol, me regocijé en sus llamas.
Nuevos capullos salieron de mí aunque fuera pleno verano.
Como si su lira (ahora sabía su nombre)
fuera a la vez una helada y un fuego, su acorde ardiendo
hasta el tope de mi corona.

Yo era una semilla de nuevo.
Yo era un helecho en el pantano.
Yo era carbón.

Y en el corazón de mi madera
(tan cerca yo estaba de ser un hombre o un dios)
había una suerte de silencio, una suerte de enfermedad,
algo parecido a lo que los hombres llaman aburrimiento,
algo
(el poema descendió una escala, un arroyo sobre piedras)
que le da frío a una vela
en medio de su ardor, dijo él.

Fue entonces
                      cuando, en el fuego de su poder
                                                        que me alcanzó y cambió,
y que pensé que debía caer de lleno,
que el cantante empezó
  a dejarme.                  Despacio,
        se movió de mi sombra de mediodía
                                                                                           a la plena luz,
las palabras saltando y bailando desde sus hombros
hasta mí,
el arrastre de las notas de la lira, como un río, tornándose
de nuevo, un lento  
murmullo.

Y yo
con terror
    pero sin dudar de
         lo que debía hacer
con angustia, con urgencia,
    arranqué de la tierra raíz tras raíz,
el suelo subía y bajaba, rajándose, el musgo se desprendía –
y detrás de mí los otros: mis hermanos
olvidados desde el amanecer. En el bosque
ellos también habían escuchado,
y estaban tirando sus raíces con dolor
afuera de los milenarios estratos de hojas muertas,
haciendo rodar las rocas a un lado,
        sacándose violentamente
afuera de
    sus profundidades.

Cualquiera hubiera pensado que íbamos a perder el sonido de la lira,
del canto -
tan terrible era el sonido de la tormenta, donde no había tormenta
ni viento, sólo el apuro de nuestras
ramas moviéndose, nuestros troncos corriendo el aire con el pecho.
¡Pero la música!
    La música nos alcanzó.

Torpemente,
         tropezando con nuestras raíces,
            haciendo crujir nuestras hojas
en respuesta,
nos movimos siguiéndola.

Todo el día la seguimos, arriba y abajo de la colina.
Aprendimos a bailar,
porque él paraba donde la tierra era plana
y las palabras que decía
nos enseñaban a dar saltos, a girar de un lado al otro,
alrededor nuestro, en figuras que las medidas de la lira designaban.
El cantante
se rió hasta llorar al vernos, tan contento estaba.
Al atardecer
vino a este lugar donde estoy, esta loma
con su vieja arboleda que entonces tenía sólo pasto.
En la última luz del día su canción se convirtió
en una despedida.
Él inmovilizaba nuestro deseo.
Llevó con su canto a nuestras secas raíces de nuevo a la tierra,
las regó: una lluvia de música toda la noche tan quieta
que nosotros apenas podíamos
escucharla en la
    oscuridad sin luna.
Para el amanecer ya no estaba.
   Desde entonces estamos acá,
en nuestra nueva vida.
  Hemos esperado.
Él no regresa.
Se dice que hizo su viaje por tierra y perdió
lo que buscaba.
Dicen que le cayeron encima
y cortaron sus extremidades para hacer leña.
Y se dice
que su cabeza aún cantaba y que fue arrojada al mar cantando.
Quizá no vuelva.
       Pero lo que vivimos
regresa a nosotros.
       Vemos más.
    Sentimos, mientras nuestros aros crecen,
que algo levanta nuestras ramas, que estira las más lejanas
        puntas de las hojas
más lejos.
                 El viento, los pájaros
      no suenan más pobres sino más claros
rememorando nuestra agonía y el modo en que bailábamos.
¡La música!




 Versión de Tom Maver


ºººººººº



A Tree Telling of Orpheus


White dawn. Stillness.       When the rippling began
   I took it for sea-wind, coming to our valley with rumors
   of salt, of treeless horizons. But the white fog
didn't stir; the leaves of my brothers remained outstretched,
unmoving.
         Yet the rippling drew nearer—and then
my own outermost branches began to tingle, almost as if
fire had been lit below them, too close, and their twig-tips
were drying and curling.
                        Yet I was not afraid, only
                        deeply alert.

I was the first to see him, for I grew
         out on the pasture slope, beyond the forest.
He was a man, it seemed: the two
moving stems, the short trunk, the two
arm-branches, flexible, each with five leafless
                                           twigs at their ends,
and the head that's crowned by brown or gold grass,
bearing a face not like the beaked face of a bird,
         more like a flower's.
                              He carried a burden made of
some cut branch bent while it was green,
strands of a vine tight-stretched across it. From this,
when he touched it, and from his voice
which unlike the wind's voice had no need of our
leaves and branches to complete its sound,
                                          came the ripple.
But it was now no longer a ripple (he had come near and
stopped in my first shadow) it was a wave that bathed me
             as if rain
                       rose from below and around me
             instead of falling.
And what I felt was no longer a dry tingling:
         I seemed to be singing as he sang, I seemed to know
         what the lark knows; all my sap
             was mounting towards the sun that by now
                 had risen, the mist was rising, the grass
was drying, yet my roots felt music moisten them
deep under earth.

             He came still closer, leaned on my trunk:
             the bark thrilled like a leaf still-folded.
Music! There was no twig of me not
                              trembling with joy and fear.

Then as he sang
it was no longer sounds only that made the music:
he spoke, and as no tree listens I listened, and language
                  came into my roots
                                    out of the earth,
                     into my bark
                                    out of the air,
                     into the pores of my greenest shoots
                                    gently as dew
and there was no word he sang but I knew its meaning.
He told me of journeys,
              of where sun and moon go while we stand in dark,
   of an earth-journey he dreamed he would take some day
deeper than roots...
He told of the dreams of man, wars, passions, griefs,
         and I, a tree, understood words—ah, it seemed
my thick bark would split like a sapling's that
                                   grew too fast in the spring
when a late frost wounds it.

                                          Fire he sang,
that trees fear, and I, a tree, rejoiced in its flames.
New buds broke forth from me though it was full summer.
       As though his lyre (now I knew its name)
       were both frost and fire, its chords flamed
up to the crown of me.
                      I was seed again.
                               I was fern in the swamp.
                                        I was coal.

And at the heart of my wood
(so close I was to becoming man or a god)
       there was a kind of silence, a kind of sickness,
           something akin to what men call boredom,
                                                something
(the poem descended a scale, a stream over stones)
               that gives to a candle a coldness
                    in the mist of its burning, he said.

It was then,
            when in the blaze of his power that
                               reached me and changed me
            I thought I should fall my length
that the singer began
                     to leave me.        Slowly
               moved from my noon shadow
                                        to open light,
words leaping and dancing over his shoulders
back to me
               rivery sweep of lyre-tones becoming
slowly again
               ripple.

And I
          in terror
                   but not in doubt of
                                          what I must do
in anguish, in haste,
                     wrenched from the earth root after root,
the soil heaving and cracking, the moss tearing asunder—
and behind me the others: my brothers
forgotten since dawn. In the forest
they too had heard,
and were pulling their roots in pain
out of a thousand years' layers of dead leaves,
        rolling the rocks away,
                               breaking themselves
                                                  out of
                                               their depths.
You would have thought we would lose the sound of the lyre,
                         of the singing
so dreadful the storm-sounds were, where there was no storm,
                     no wind but the rush of our
           branches moving, our trunks breasting the air.
                      But the music!
                                    The music reached us.

Clumsily,
         stumbling over our own roots,
                                      rustling our leaves
                                                 in answer,
we moved, we followed.

All day we followed, up hill and down.
                                      We learned to dance,
for he would stop, where the ground was flat,
                                         and words he said
taught us to leap and to wind in and out
around one another    in figures     the lyre's measure designed.
The singer
          laughed till he wept to see us, he was so glad.
                                                    At sunset
we came to this place I stand in, this knoll
with its ancient grove that was bare grass then.
           In the last light of that day his song became
farewell.
         He stilled our longing.
         He sang our sun-dried roots back into earth,
watered them: all-night rain of music so quiet
                                              we could almost
                 not hear it in the
                                   moonless dark.
By dawn he was gone.
                    We have stood here since,
in our new life.
               We have waited.
                              He does not return.
It is said he made his earth-journey, and lost
what he sought.
               It is said they felled him
and cut up his limbs for firewood.
                                   And it is said
his head still sang and was swept out to sea singing.
Perhaps he will not return.
                           But what we have lived
comes back to us.
                 We see more.
                             We feel, as our rings increase,
something that lifts our branches, that stretches our furthest
                                                      leaf-tips
further.
        The wind, the birds,
                            do not sound poorer but clearer,
recalling our agony, and the way we danced.
The music!


 de Relearning the alphabet (1970)

8.9.12

Sandra Toro: descifrar con testarudez a Sylvia Plath



Esta vez Sandra Toro traduce a Sylvia Plath y escribe una Nota de la Traductora.

Olmo
                                             para Ruth Fainlight

Conozco el fondo, dice. Lo conozco con mi raíz principal;
Es lo que a vos te da miedo.
Yo no le temo: estuve ahí.

¿Lo que escuchás en mí es el mar
Con sus descontentos?
¿O la voz de la nada, tu locura?

El amor es una sombra.
Cómo se miente y se llora detrás de él.
Escuchá: son sus cascos: se escapó, como un caballo.

Así voy a galopar toda la noche, impetuosa,
Hasta que tu cabeza sea una piedra y tu almohada un pequeño prado
Que retumba, retumba.

¿O te traigo el sonido de los venenos?
Esto ahora es la lluvia, el gran silencio.
Y éste, su fruto: blanco de estaño, como el arsénico.

Sufrí la atrocidad de las puestas de sol.
Calcinados hasta la raíz
Mis filamentos al rojo arden y se erizan como una mano de alambre.

Ahora me rompo en pedazos que vuelan como clavas.
Un viento de tal violencia
No va a soportar espectadores: Tengo que gritar.

La luna también es despiadada: si fuese estéril
Ella me arrastraría con crueldad.
Su resplandor me humilla. O quizás la atrapé yo.

La dejo ir. La dejo ir.
Menguada y chata como después de una cirugía radical.
Cómo me poseen y me dotan tus pesadillas.

Estoy habitada por un grito.
De noche aletea
Buscando, con sus garras, algo para amar.

Me aterra esta cosa oscura
Que duerme en mi;
Todo el día siento sus movimientos de felpa, su malicia.

Las nubes pasan y se dispersan.
¿Son esos los rostros del amor, esos pálidos irrecuperables?
¿Por algo así se agita mi corazón ?

Soy incapaz de otro conocimiento.
¿Y esto qué es, este rostro
Homicida estrangulado entre las ramas?

Sus ácidos ofídicos sisean*.
Petrifica la voluntad. Estas son los faltas lentas y aisladas
Que matan, matan, matan.



  


Dice Sandra Toro: Siempre quise escribir una “N. de la T.”, tanto como subirme a un auto y decirle al chofer “Siga a ese taxi”. Y esta es la oportunidad perfecta. Una traducción con nota al pie. Acá va...

* N. de la T. : Cuando empecé a leer a Sylvia Plath, a principios de los '90, creía que quería ser poeta. Una tarde llegó un amigo con un fascículo del Centro Editor y me dijo “Tomá, leé. Tiene mucho que ver con vos. Más que Pizarnik”. Y tenía, sí. Así que quise más, pero no había otras traducciones a mano. Una odisea conseguir los Collected Poems, devorando en el camino todo lo que me llegara en forma de fotocopias, apuntes, notas. En mi barrio todavía no había cybers y Google quedaba muy lejos. El punto es que ahí, ese verano, empezó la obsesión por descifrar (y la  duda). Si el poeta no está seguro de si es eso lo que quería decir, el que traduce mucho menos. Casi al final de este poema, Elm, hay un verso que dice:“Its snaky acids hiss”. Desde un principio opté por traducirlo literalmente como “sus ácidos ofídicos sisean”. En ese momento nació la duda, al comparar mi versión con la del fascículo del Centro Editor. Y por mucho tiempo, ya con otras herramientas a preguntándome: ¿por qué esas versiones en castellano que encontraba lo traducían como “sus ácidos ofídicos besan”?
Hace poco pude responderme esa pregunta. Parece ser (según datos de Tracy Brain en "The Other Sylvia Plath", Longman, London 2001, pp. 24-25.) que, en primera instancia, el poema fue publicado correctamente en el New Yorker del 3 de agosto de 1963; pero en la primera edición británica de Ariel and The Colleted Poems se cometió un error de impresión al cambiar la palabra hiss por kiss. Error que fue perpetuado en las ediciones norteamericanas y, posteriormente, en las traducciones al castellano. ¡EUREKA! Entonces podía ponerle punto final a esta versión testaruda, después de veinte años.
Lo cierto es que esta nota podría titularse “Elogio de la duda”. Aunque después de releerla pienso en “Elogio de la testarudez”. Así que no le puse título por ahora. No sé. Dudo.



Versión y Nota: Sandra Toro


ººººººººººººººººººººº

Elm
for Ruth Fainlight
I know the bottom, she says. I know it with my great tap root;
It is what you fear.
I do not fear it: I have been there.

Is it the sea you hear in me,
Its dissatisfactions?
Or the voice of nothing, that was your madness?

Love is a shadow.
How you lie and cry after it.
Listen: these are its hooves: it has gone off, like a horse.

All night I shall gallup thus, impetuously,
Till your head is a stone, your pillow a little turf,
Echoing, echoing.

Or shall I bring you the sound of poisons?
This is rain now, the big hush.
And this is the fruit of it: tin white, like arsenic.

I have suffered the atrocity of sunsets.
Scorched to the root
My red filaments burn and stand, a hand of wires.

Now I break up in pieces that fly about like clubs.
A wind of such violence
Will tolerate no bystanding: I must shriek.

The moon, also, is merciless: she would drag me
Cruelly, being barren.
Her radiance scathes me. Or perhaps I have caught her.

I let her go. I let her go
Diminished and flat, as after radical surgery.
How your bad dreams possess and endow me.

I am inhabited by a cry.
Nightly it flaps out
Looking, with its hooks, for something to love.

I am terrified by this dark thing
That sleeps in me;
All day I feel its soft, feathery turnings, its malignity.

Clouds pass and disperse.
Are those the faces of love, those pale irretrievables?
Is it for such I agitate my heart?

I am incapable of more knowledge.
What is this, this face
So murderous in its strangle of branches? ----

Its snaky acids hiss.
It petrifies the will. These are the isolate, slow faults
That kill, that kill, that kill.



(De "Collected Poems", Faber and Faber, 1981.)







2.9.12

e. e. cummings - ya que el sentimiento está primero




ya que el sentimiento está primero
quien le presta atención
a la sintaxis de las cosas
nunca va a besarla de verdad;

ser enteramente un tonto
mientras la Primavera está en el mundo

mi corazón lo aprueba
y los besos son un mejor destino
que la sabiduría
señora, se lo juro por todas la flores. No llore
-el mejor gesto de mi cerebro es menos que
la agitación de sus pestañas al decir

que somos uno para el otro: entonces
ría recostándose en mi brazos
ya que la vida no es un párrafo

Y la muerte creo que no es un paréntesis




Versión de Tom Maver

 ºººººººººººººººººººººººººººººººººººººººº 


since feeling is first

since feeling is first
who pays any attention
to the syntax of things
will never wholly kiss you;

wholly to be a fool
while Spring is in the world

my blood approves,
and kisses are a better fate
than wisdom
lady i swear by all flowers. Don't cry
—the best gesture of my brain is less than
your eyelids' flutter which says

we are for each other: then
laugh, leaning back in my arms
for life's not a paragraph

And death i think is no parenthesis


from Complete Poems 1904 – 1962, Liveright, New York, 1994.

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