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27.2.14

Jack Kerouac - Coro 149





Coro N°149

Sigo enamorándome
     de mi madre,
no quiero lastimarla
     -de todas las personas a lastimar.

Cada vez que la veo
     se ha puesto más vieja
pero su uniforme siempre
     me asombra
por su simplicidad holandesa
y porque es una muñeca,
esa manera de muñeca que tiene
     al pararse
con las piernas arqueadas en mis sueños,
esperando para servirme.

    Y yo soy sólo un Apache
    fumando hachís
    en el viejo Cabashy
    junto a la Lámpara.




Versión de Tom Maver

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149th Chorus

I keep falling in love
  with my mother,
I dont want to hurt her
—Of all people to hurt.

Every time I see her
  she's grown older
But her uniform always
  amazes me
For its Dutch simplicity
And the Doll she is,
The doll-like way
  she stands
Bowlegged in my dreams,
Waiting to serve me.

      And I am only an Apache
      Smoking Hashi
      In old Cabashy
      By the Lamp.

18.1.14

Jack Kerouac - La tierra salvaje







            Jack Kerouac – Un fragmento de En el camino (novela de 1955)


            Yo pensé que toda la tierra salvaje de Estados Unidos estaba en el oeste hasta que el fantasma del río Susquehanna me probó lo contrario. No, hay naturaleza en el este; es la misma naturaleza que Ben Franklin recorrió lentamente en los días de las carretas cuando era jefe de correos, la misma de cuando George Washington combatía indios, de cuando Daniel Boone contaba historias a luz de una lámpara en Pensilvania y prometía encontrar el Desfiladero, de cuando Bradford construyó su ruta y los hombres festejaron en sus cabañas de madera. No había grandes espacios en Arizona para el hombre pequeño, sólo la naturaleza de matorrales del este de Pensilvania, Maryland y Virginia, las rutas secundarias, las rutas de brea que se curvan entre los ríos tristes como el Susquehanna, el viejo Potomac y Monocacy.
            Esa noche en Harrisburg tuve que dormir en un banco de la estación de trenes; al amanecer los guardas de la estación me echaron. ¿No es verdad que empezás tu vida siendo un dulce niño creyendo en todo lo que está bajo el techo de tu padre? Después llega el día de los laodiceos, cuando te das cuenta que sos desgraciado y miserable y estás pobre y ciego y desnudo, y con la cara de un horripilante fantasma afligido te vas temblando por una vida de pesadilla. Salí de la estación a los tropiezos, ojeroso; no tenía más control. Todo lo que podía ver de la mañana era una blancura como la blancura de la tumba. Me moría de hambre. Todo lo que me quedaba de calorías eran unas gotas para la tos que había comprado en Shelton, Nebraska, meses atrás; las bebí por su azúcar. No sabía cómo mendigar. Salí a los tropiezos del pueblo con fuerza apenas para alcanzar los límites de la ciudad. Sabía que me iban a arrestar si me quedaba otra noche en Harrisburg. ¡Maldita ciudad! El viaje que conseguí fue con un flacucho y demacrado hombre que creía en la inanición controlada por el bien de la salud. Cuando le dije que yo estaba muriéndome de hambre mientras íbamos hacia el este, me dijo: “Bien, bien, no hay nada mejor para vos. Yo mismo no como desde hace tres días. Voy a vivir hasta los ciento cincuenta años”. Era una bolsa de huesos, un muñeco blando, un palo partido, un maníaco. Podría haber logrado un viaje con un gordo rico que me dijera: “Paremos en este restaurante y comamos rodajas de cerdo y arvejas”. No, tenía que ligar esa mañana un viaje con un maníaco que creía en la inanición controlada por el bien de la salud. Después de doscientos kilómetros se fue poniendo indulgente y sacó sándwiches de pan y manteca del baúl. Estaban escondidos entre sus muestras de vendedor. Estaba vendiendo elementos fijos para plomería por Pensilvania. Devoré el pan con manteca. De pronto me empecé a reír. Estaba solo en el auto, esperando mientras él hacía llamados de trabajo en Allentown, y yo me reía y reía. Dios mío, qué cansado y harto estaba de la vida. Pero el loco me llevó a casa en Nueva York.
            De repente me encontré en Times Square. Había viajado casi trece mil kilómetros alrededor de Estados Unidos y estaba de vuelta en Times Square; y justo en medio de la hora pico también, viendo con mis inocentes ojos de ruta la completa locura y el hurra fantástico de Nueva York con sus millones y millones empujándose entre sí detrás de un mango, el sueño enloquecido – tomar, agarrar, dar, suspirar, morir, sólo para que pudieran ser enterrados en esos horribles cementerios más allá de Long Island. 



Versión de Tom Maver


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