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9.2.16

Wallace Stevens - Los acantilados irlandeses de Moher



Los acantilados irlandeses de Moher

¿Quién es mi padre en este mundo, en esta casa,
En la base del espíritu?

El padre de mi padre, el padre de su padre, el –
Sombras como vientos

Regresan a un pariente anterior al pensamiento y al habla,
En el extremo del pasado.

Van hacia los acantilados de Moher que se alzan por sobre la niebla,
Por sobre lo real,

Alzándose sobre el tiempo presente y el lugar, por sobre
El pasto mojado y verde.

Esto no es un paisaje, lleno de los insomnios
De la poesía

Y del mar. Éste es mi padre o, quizá,
Es como él era,

Un parecido, uno de la raza de los padres: tierra
Y mar y aire.





Versión de Tom Maver


ºººººººººº

The Irish Cliffs of Moher

Who is my father in this world, in this house,
At the spirit’s base?

My father’s father, his father’s father, his—
Shadows like winds

Go back to a parent before thought, before speech,
At the head of the past.

They go to the cliffs of Moher rising out of the mist,
Above the real,

Rising out of present time and place, above
The wet, green grass.

This is not landscape, full of the somnambulations
Of poetry

And the sea. This is my father or, maybe,
It is as he was,

A likeness, one of the race of fathers: earth
And sea and air.


27.4.14

Wallace Stevens - Esta soledad de cataratas






ESTA SOLEDAD DE CATARATAS

Nunca sintió dos cosas iguales acerca del río manchado
que seguía fluyendo nunca de dos formas iguales, fluyendo

por muchos lugares, como si estuviera fijo en uno,
quieto como un lago en el que los patos revolotearían,

arrugando sus comunes reflejos, como pensamientos de Monadnocks.
Parecía haber un apóstrofe que no se pronunciaba.

Había tanto que era real que no era real en absoluto.
Él quería sentir de la misma manera una y otra vez.

Quería que el río siguiera fluyendo de la misma manera,
que siguiera fluyendo. Quería caminar junto a él,

debajo de los sicomoros, debajo de una luna pegada al cielo.
Quería que su corazón dejara de latir y que su mente descansara

en una comprensión permanente, sin ningún pato salvaje
o montañas que no fueran montañas, sólo para saber cómo sería,

sólo para saber cómo se sentiría, liberado de la destrucción,
ser un hombre de bronce respirando debajo de arcaicos lapisláluzi,

sin las oscilaciones de los planetas que pasan,
respirando el aire de bronce en el centro violáceo del tiempo.



Versión de Tom Maver


°°°°°°°°
This Solitude of Cataracts

He never felt twice the same about the flecked river,
Which kept flowing and never the same way twice, flowing

Through many places, as if it stood still in one,
Fixed like a lake on which the wild ducks fluttered,

Ruffling its common reflections, thought-like Monadnocks.
There seemed to be an apostrophe that was not spoken.

There was so much that was real that was not real at all.
He wanted to feel the same way over and over.

He wanted the river to go on flowing the same way,
To keep on flowing.  He wanted to walk beside it,

Under the buttonwoods, beneath a moon nailed fast.
He wanted his heart to stop beating and his mind to rest

In a permanent realization, without any wild ducks
Or mountains that were not mountains, just to know how it would be,

Just to know how it would feel, released from destruction,
To be a bronze man breathing under archaic lapis,

Without the oscillations of planetary pass-pass,
Breathing his bronzen breath at the azury center of time.

24.6.12

Wallace Stevens - El planeta en la mesa



El planeta en la mesa

Ariel estaba contento de haber escrito sus poemas.
Eran de una época que recordaba
o de algo que había visto que le había gustado.

Los otros trabajos del sol
eran desperdicio y acumulación
y el arbusto maduro se marchitaba.

Él y el sol eran uno
y sus poemas, a pesar de haberlos hecho él mismo,
estaban también hechos por el sol.

No era importante que sobrevivieran.
Lo que importaba era que cargaran
algún rasgo o característica,

alguna riqueza, aunque fuera entrevista,
en la pobreza de sus palabras,
del planeta del que formaban parte. 





Nota del T.: Los poemas en la mesa. Después de un largo camino, llegan a esa mesa, los deja apoyados y toma el micrófono. Mira al público, me mira. Unas horas antes nos encontramos, caminamos algunas cuadras y elegimos un lugar donde comer antes de ir a la lectura. La vi entusiasmada, comiendo, hablando de sus proyectos, de sus libros. Ahora deja de ordenar sus papeles y luego de unas palabras introductorias, empieza a leer sus poemas. Oigo su voz y mantengo silencio, el público también permanece callado, a la expectativa. Entonces, me vuelve a pasar lo que me pasa a veces cuando estoy concentrado escuchándola: llegado un punto, me desconcentro. Es como si no pudiera escucharla de un modo lineal, progresivo, sin que mi atención empiece a dar saltos, como si algo en sus poemas me tomara de la mano y me llevara hacia otro lugar. Sí, algo así: soy llevado por lo que dice lejos de lo que dice, hacia ese planeta de donde trae los poemas. La vuelvo a mirar: ella sigue ahí. Ahora, que estamos volviéndonos en el colectivo, me dejo fascinar por sus ojos que me miran y luego giran hacia la ventanilla, atraídos por las luces que pasan. De alguna manera siento que los que conversan tatúan silenciosamente en los ojos del otro, con sus miradas, algo indescifrable. Mientras trato de seguirle la mirada, le oigo decir como al pasar que no sabe dónde va a estar el año que viene en esta época, oigo palabras como España, Nicaragua, Chile y me doy cuenta de que soy yo ahora el que mira por la ventana. Ella sabe, sin embargo, que nuestro lugar es éste, el de la conversación: un sitio desarraigado que brota de los encuentros. Desarraigado y encarnado en nosotros. En Vivre sa vie, la película de Jean-Luc Godard, se dice que hablar es una resurrección, que cuando se habla hay otra vida. La veo y miro que está un poco ensimismada, pensando en voz alta, necesitándome y al mismo tiempo prescindiendo de mí y yo hablo un poquito hacia adentro, y pienso que en estos momentos estamos viviendo esa otra vida, juntos, yendo hacia lo ajeno para no morir de fugacidad.


Versión de Tom Maver


ººººººººººººººººººººººººººººººººº

The Planet On The Table

Ariel was glad he had written his poems.
They were of a remembered time
Or of something seen that he liked.

Other makings of the sun
Were waste and welter
And the ripe shrub writhed.

His self and the sun were one
And his poems, although makings of his self,
Were no less makings of the sun.

It was not important that they survive.
What mattered was that they should bear
Some lineament or character,

Some affluence, if only half-perceived,
In the poverty of their words,
Of the planet of which they were part.



from The Collected Poems of Wallace Stevens, Vintage Books, New York, 1990.

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